Punto de partida

La vida se compone de un sinfín de momentos, muchos de ellos inolvidables y otros totalmente prescindibles, aunque todos, finalmente, nos ayudan a ser lo que somos hoy. Es difícil aglutinar muchas de estas vivencias, la gran mayoría, finalmente, abocadas al olvido. Pero siempre hay oportunidades de mantenerlas en la memoria y, por qué no, compartirlas con otros, en un afán por rescatar aquello que nos ha hecho felices en un determinado momento o que ha contribuido a cambiar nuestra vida en otro. Desde la máxima humildad, faltaría más, este blog pretende ser un compendio de todo ello. Una mirada al pasado para afrontar el futuro, disfrutando, siempre, del presente.

viernes, 3 de octubre de 2014

La venganza de los 'buenos'

Es un tema tan antiguo como la historia misma y, de hecho, es habitual y recurrente en cuentos infantiles y leyendas. La última vez, sin ir más lejos, ha llegado de la mano de Disney, creador de anhelos y deseos frustrados, y en ella se trata de explicar/justificar por qué la mala de la Bella Durmiente es tan malvada como todos sabemos. ¿La respuesta? La de siempre: algo le habían hecho y, claro, eso justifica todo lo demás.

Sin embargo, la reflexión que hoy me trae a estas páginas es más banal, más cercana, cotidiana… Vamos, que todos la hemos vivido en nuestros fueros. A veces, como meros espectadores, y otras, como víctimas o incluso verdugos. Al fin y al cabo, los cuentos son un mero espejo del carácter humano y, de este (para bien o para mal) nos encontramos muestras todos los días.

Pasar de ser el bueno de la historia a ser el malo es muy sencillo. Más de lo que parece en un principio. Para ello sólo hace falta una alta carga de resentimiento (o ‘justicia’ malentendida, como dirían otros) y una oportunidad. Y estas se encuentran a pares en la vida, aunque los ‘malvados’, a menudo, se crean inmunes a ellas. Es lo que tiene la soberbia. 

Hace años trabajé con una compañera que era un pedazo de pan: buena, honesta, siempre dispuesta a prestarte una mano y a echar las horas que fueran necesarias. Quizás ese fue su mayor error, aunque sea injusto decirlo. Vivimos en una sociedad en la que unos se aprovechan de otros y los buenos (considerados por algunos, erróneamente, débiles) son pisoteados hasta la extenuación, hasta que no pueden más. Hasta que se rebelan. Y, hartos ya de tanta presión, a veces lo hacen de la peor manera posible.

En este caso, no fue una excepción. Finalmente, resentida y dolida por lo ‘injusta’ de su situación, mi ex compañera no sólo se rebeló contra aquel que la oprimía, contra el jefe que ignoraba su petición o contra el responsable que dilapidaba sus derechos sin ningún tipo de conciencia. De hecho, y eso a menudo pasa también, ni siquiera lo llegó a hacer contra ellos directamente. Lo hizo contra todos, convencida de su legitimidad porque, al fin y al cabo, había sido la ‘más buena’ y los momentos de desdichas le abrían la puerta a años y años de bonanzas y privilegios. Por encima de quien fuera.

A menudo estos ‘nuevos malvados’ son los más peligrosos. Su ansia de justicia y de restaurar los supuestos daños infligidos no tienen límites y no reparan en víctimas o consecuencias. Su sed de venganza es ilimitada, aunque pronto olvidan el foco de sus deseos y los proyectan hacia los demás. ¿Quién no ha denunciado una supuesta injusticia y se ha encontrado con respuestas del tipo: “Pues hace un tiempo las cosas sí que estaban mal” o “Tú no te quejes porque peor que lo he pasado yo aquí...”, “Algunos no tuvimos días libres en años” o similares?

Compartir una iniquidad no hace que esta sea más pequeña. Y permitirla, conociéndola de antemano y teniendo la posibilidad o responsabilidad de acabar con ella, es como cometerla uno mismo. O lo que es peor, convertirse en mártir y dar por hecho que los demás deben pasar las mismas penalidades que nosotros hemos sufrido (o hemos permitido que nos causaran), nos convierte en el peor de los opresores. En un ‘malvado’ que no sólo actúa como tal, sino que considera que sus actos están justificados. Que se victimiza ante lo demás.

En fin, como les decía, son situaciones cotidianas. Diariamente nos cruzamos con amigos, compañeros, familiares que denuncian tropelías contra sus personas para cometerlas posteriormente contra otros (generalmente a los que consideran más débiles), amparándose en su supuesta situación previa de desamparo. Quizás sería más adecuado plantar cara al que nos oprime desde un principio, o no permitir que nuestra disponibilidad y bondad se confunda con servilismo y nos haga perder el respeto por nosotros mismos. Quizá la solución sería poder parar esas situaciones antes de que lleguen a más. Pero pocos lo hacen. A menudo, el ‘bueno’ es cobarde o, simplemente, espera que sus esfuerzos algún día se verán recompensados. Y eso a veces ocurre. Otras, muchas de ellas, no.

Con todo, siempre habrá superiores que seguirán comportándose como antes de alcanzar sus puestos, personas que aprovecharán los momentos de fortuna para mejorar realmente las cosas, o amigos que, pese a haberlo pasado mal, no olvidarán lo sufrido e intentarán evitar situaciones similares si sus condiciones se lo permiten. Todos queremos llegar a eso. O, lo que es más inquietante, creemos ser así. A lo mejor habría que preguntar con honestidad a los demás si realmente lo somos. Aunque no siempre estemos preparados para la respuesta.


jueves, 1 de septiembre de 2011

Poema de la Despedida

Te digo adiós y acaso, te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No se si me quisiste...No se si te quería...
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste y apasionado y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No se si te amé mucho...No se si te amé poco.
Pero si se que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
pero al quedarme solo; sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós y acaso en esta despedida
mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.

                                         José Ángel Buesa

jueves, 14 de abril de 2011

Te quiero... pero como amigo

Hace unos días hablaba con una amiga sobre la tan manida respuesta del ‘Te quiero como amigo’ y, generalmente, lo mal que ésta sienta al destinatario del mensaje (casi siempre perteneciente al género masculino). Todos hemos pasado por esas situaciones, en uno o en otro lado, y por mucho que las recordemos con humor lo cierto es que no son agradables para nadie. Yo tuve una muy peculiar, protagonizada por mi amigo Tomasín que, desde aquel día, dejó de ser ‘Tomasín’ para convertirse en el ‘tío raro que me hacía sentir incómoda cuando estaba con mis amigos’. No quieres que sea así, pero es.

La situación fue surrealista desde el principio. Fuimos a una feria popular y allí Tomasín insistió en que nos montáramos ambos en la noria. A ver, no es que una no sea romántica. Lo que ocurre es que una tiene cierto vértigo y respeto (que no miedo) a las alturas. Vamos, que la noria, precisamente la noria, no es mi escenario favorito para que alguien me pida algo, sea lo que sea. Si a eso le sumamos la sospecha, incómoda sospecha, que comienza a abrirse paso en tu interior en ese momento, cuando llevas más de media hora siendo el centro de todas las palabras y muestras de Tomasín, tu angustia se dispara. Un confuso presagio que al principio te hace hasta gracia, que luego te hace vacilar (“No puede ser que me vaya a pedir salir… no, no”), y que al final se convierte en un recelo auténtico (“No, a la noria no, que éste se lanza y no tengo escapatoria. No, por favor, no me hagas esto”).

Pero te lo hace. Con toda su buena intención, con su sonrisa ingenua y con unos ojos encandilados que te hacen sentirte como la bruja de Blancanieves. Así que subimos a la noria, él como si fuera a una boda… y yo al potro de tortura. Y allí arriba, tras varios minutos incómodos y justo cuando el inmenso aparato decidía pararse con nosotros en el punto más alto, lo soltó. Me le quedé mirando fijamente, como sorprendida (no lo estaba, estaba aterrada); luego trivialicé con el tema y hasta le acusé de tomarme el pelo con coletillas como ‘Anda, no digas tonterías…’, ‘Con lo que bien que nos llevamos lo vamos a poner en peligro por algo así…’, ‘Esto es una broma, ¿no?’. Sentencias, todas ellas, que dichas a una mujer no podrían haber dejado más claro tu desinterés por el asunto. Pero con los hombres no ocurre… Nunca ocurre. O puede que ellos, ya en la situación, decidan poner toda la carne en el asador. Con dos…

En ese momento, cuando estás suspendida prácticamente en el aire, con 100 metros de caída libre bajo tus pies, las excusas se han acabado, él cada vez más cerca (¡Ay no, beso sí que no, que no lo intente, por favor, que no lo intente!), sus ojos implorantes y una voz interna que cada vez te grita con más fuerza: “¡¡Tírate, no lo dudes, tírate!!”. En ese momento, decidme, ¿qué haces?

Poco se puede hacer. Tus intentos, fallidos, por desanimar a Tomasín salvaguardando su orgullo no han dado resultado y ser claro tampoco parece ser lo más aconsejable porque, al fin y al cabo, qué puedes decirle: “Mira Tomasito, aunque se rompieran los engranajes de esta puta noria, no pudiéramos bajar nunca y nos tuvieran que dejar aquí de por vida, aún entonces, preferiría morir de inanición a tener algo contigo… pero eso no quiere decir que no te aprecie”. Ya. Sólo hay una cosa cierta, él quiere algo contigo, y tu no. A partir de ahí, el acuerdo va a ser difícil y terminar el día con la misma relación que os unía antes… casi imposible.

Le dije que no, claro. De la forma más suave posible y, en efecto, subrayando que era un amigo estupendo… pero sólo eso. Y aunque ofensiva para el que la recibe (porque sabe lo que realmente significa), lo cierto es que tal afirmación sólo es una forma ‘amable’ de decir que tienes cariño por alguien, pero nada más. Ojalá fuera distinto, pero los sentimientos son lo que son.

Vamos, que no sólo le dije que no a Tomasín porque sabía de antemano que el pobre me lo preguntaba a mí después de haberlo intentado con todas mis amigas (siempre contó con una admirable capacidad de recuperación). También fue, sobre todo fue, porque no me gustaba nada, nada, NADA. Aunque quizás decírselo así hubiera sido demasiado demoledor, ¿o no? Lo cierto es que desde esa noche nuestra relación ya nunca volvió a ser la misma. Y lo sentí, sobre todo porque para mí lo ocurrido no había sido tan importante.

Aunque quizás ese fue el verdadero problema.

viernes, 25 de febrero de 2011

La revolución del mundo árabe


La presente ola de disturbios que está asolando a gran parte de los países del mundo árabe y que amenaza con cambiar el orden mundial, tal y como lo conocemos, no es algo inesperado. Quizás sí una circunstancia amenazante, temible, especial y de gran interés, y temor, para el resto del planeta. Pero no inesperada.

La globalización y la propia evolución han hecho del mundo un lugar más pequeño donde las diferencias entre unos y otros, siempre presentes, son más evidentes, y ansiadas, que nunca. Las grandes potencias, Estados Unidos, Japón, China, y los principales organismos internacionales, como la OTAN, la ONU o la misma Unión Europea, no pueden propugnar un estado de bienestar y derechos sociales (China es una excepción) dentro de un entorno mundial acuciado aún por las dictaduras encubiertas (y no tanto), la enfermedad, el hambre o la pobreza. Es lógico que el mundo subdesarrollado quiera las mismas cotas de igualdad del hasta ahora Primer Mundo. Es legítimo que reclamen un cambio. Y el resto de la humanidad no puede seguir indolente a ello.

Países como Túnez, Egipto o Libia viven en el epicentro de una revolución que procede del pueblo. Ése que lleva décadas padeciendo la ausencia de servicios sociales y que acumula siglos de injusticia alimentada por la ambición de aquellos que han ocupado el poder.

Ben Ali, en el caso tunecino, pasó de anunciarse como libertador a convertirse en hostigador de las masas que, en una primera época, aseguró defender. Ocurre mucho con los que dirigen por la fuerza a golpe de imposición. Su llegada al poder en 1987, tras un golpe de Estado contra Bourguiba que acababa con 20 años de República, fue ratificado con una victoria aplastante en las urnas en 1989 y 1994 (un cuestionado 99% de la población). Pero el poder vicia los buenos principios y si Ben Ali los tuvo en algún momento, en 2002 mostró su verdadero interés cuando modificó la Constitución con el afán de perseverar en el poder. No quería irse. Algo que, tristemente, ocurre hasta en los países más democráticos. A partir de entonces, su gobierno se convirtió en un régimen que prohibía la oposición, alimentaba el despilfarro (el del líder y los suyos) y anunciaba elecciones viciadas cuyo resultado ya conocían todos. Ben Ali sabía cuál podía ser su futuro. Pero nunca quiso creerlo. Abusó de su pueblo hasta que éste, ahogado por la ausencia de derechos y sumido casi en la pobreza y el abandono, se echó a la calle. Y venció.

Hosni Mubarak era conocido como el Faraón en Egipto. Permanecía en su torre de cristal, desde la que mantenía el poder de forma omnipotente en todo el país. Su llegada a la cumbre egipcia, en 1981, tras el asesinato de Anwar el-Sadat, le convirtió en un referente internacional que con el paso de los años mantuvo su status como punto de referencia del mundo árabe y única alternativa, ante los países más desarrollados, frente al fundamentalismo islámico. La salvación se convirtió en condena cuando, anclado en su ambición, su discurso se volvió rancio para un pueblo condenado a no evolucionar por los delirios de grandeza de su propio líder. La Plaza Tahrir, o bien llamada Plaza de la Liberación, fue su patíbulo.

Las protestas siguen extendiéndose porque la libertad no entiende de fronteras y reclama su espacio en el corazón de aquellos que saben que merecen formar parte de un mundo mejor.

El pulso se mantiene ahora en Libia, con un líder, Gadafi, adicto al botox y a los regalos caros y, sobre todo, aferrado al poder a base de sangre y fuego. Su discurso se tiñe de continua amenaza a las reservas petrolíferas que nutren a gran parte del planeta y el fomento del terror islámico como baza para salvaguardar sus privilegios. El Coronel Muammar al-Gadafi derrocó a la monarquía de Idris I en 1969, instaurando el régimen Yamahiriyya (Estado de las masas). De clara índole socialista (no descarten que finalmente recale en Venezuela o Cuba si debe abandonar el país), la soberanía, supuestamente, pertenecía al pueblo. Aunque éste, lleva ya mucho tiempo sin ejercer ese privilegio que apenas ostentó cierto día. Por primera vez en décadas, los libios hoy dan un paso al frente, aún a riesgo de perder sus vidas, por la libertad. Y su gobernante, su referencia hasta ahora, ha lanzado un órdago de muerte y destrucción contra los que osen atacarlo. Ignora que no hay miedo para aquellos que no tienen nada que perder. Pobre del que saca los tanques a la calle frente a su pueblo, porque tras ello, no habrá sitio en el mundo donde pueda descansar.

No es de extrañar que otros países sigan sus pasos en los próximos meses. Las revueltas de Irán, Barhain, Yemen, Jordania (allí el rey Abdalá II ya ha pedido una remodelación total de su Gobierno) o incluso Marruecos, sólo hablan de una pretensión por acabar con décadas de opresión y prosperar. Es su turno y no podemos obviar su derecho legítimo a alcanzar los mismos derechos que ya disfrutamos muchos otros.

El final de nuestros días llegará a través de la disgregación del mundo árabe, hay quien mantiene, dando fuerza a un sentimiento apocalíptico que últimamente protagoniza constantemente la realidad del planeta. Dicen que el calendario maya, que pronostica el fin del mundo para el 21 de diciembre de 2012, ya anticipó muchas de estas convulsas revueltas. Quién sabe si para entonces, no asistimos al ocaso de esta era, tal y como la conocemos, y al nacimiento de un nuevo orden mundial. Tal vez eso no sea tan malo.

martes, 13 de julio de 2010

Sí... Campeones del Mundo

Final de la Copa del Mundo de Fútbol. Sudáfrica. 22:57 horas de un 11 de julio de 2010. Una fecha cualquiera en el calendario que, sin embargo, pasará a formar parte de nuestra historia deportiva. En ese instante, Cesc Fábregas daba entre líneas un soberbio pase a Andrés Iniesta que éste colocaba tras la red del holandés Stekelenbug. España ganaba así a La Naranja Mecánica después de un partido agónico, al borde de los penaltis (el balón entró en el minuto 116 de la prórroga) y marcado por la agresividad de los contrarios en el terreno de juego, reacios a perder, por tercera vez esta vez, un nuevo Mundial.

La grandeza de España ha sido tal, que Sudáfrica y el mundo entero no han podido por menos que rendirse ante su Selección. Un equipo dentro, y fuera del campo, en el que las distancias, las procedencias y las rivalidades son olvidadas por el afán de compañerismo, las ganas de disfrutar y la deportividad en el terreno de juego, aderezado todo ello por un toque del balón constante y una complicidad que convierte en bella cualquier aproximación al área contraria, por tímida que parezca. Ingredientes que componen una receta perfecta.

Desde el capitán Íker Casillas (todos sabemos las veces que nos ha salvado de la derrota), hasta el goleador Villa (¡Arriba guaje!), la Selección ha contado con los más prometedores jugadores de nuestro país y ha logrado sacar lo mejor de todos ellos de la mano de un técnico genial en sus formas y decisiones: Vicente del Bosque. Han sido Carles Puyol (su constancia nos llevó a la Final), Gerard Piqué (no hay balón que pase por Piqué). Sergio Ramos (infatigable), Capdevila (el mejor control por la banda), Sergio Busquets (la gran revelación del Mundial), Xavi Hernández (el organizador de jugadas por excelencia), Xavi Alonso (sus lanzamientos en largo son impresionantes), Andrés Iniesta (la genialidad en una esencia), Pedro (venga a correr), Cesc Fábregas (su dinamismo dio alas a La Roja), Torres (llegó tocado al Mundial y no se sobrepuso), Fernando Llorente (¡Gracias por ese partido ante Portugal!), Silva (la mejor asistencia), Navas (incansable), o Marchena (el talismán de la Selección). Otros, como Albiol, Arbeloa, Javi Martínez, Juan Mata, Pepe Reina o Victor Valdés, quizás no hayan disputado su minuto de gloria en tierras sudafricanas. Mas son parte de esta Selección como el que más y alientan esa unión que les ha allanado el camino a la gloria. Sin todos ellos, no habría sido lo mismo.

Poco importan aquellos comentarios que han querido provocar fisuras en sus filas o causar desaliento en sus jugadores. La recompensa es demasiado importante para quedar anulada por palabras ladinas y bocas maliciosas. España ha roto su maldita historia. Aquella que le llevaba a caer siempre antes de Cuartos y a ser conocida como una Selección prometedora, pero poco cumplidora... pese a la ilusión de su país.

Arropados por una afición incondicional y al ritmo de vuvuzelas, los españoles superaron una primera derrota ante Suiza y se convirtieron en líderes de Grupo tras ganar a Honduras y Chile. Rompieron la racha imbatida de Portugal y desafiaron la mala suerte ante Paraguay. Completaron su leyenda y confirmaron su posición de liderazgo ante Alemania, arrebatando a una de las grandes favoritas su derecho histórico a disputar la Final del Mundo. Las tornas habían cambiado y los germanos, perdedores de la Copa de Europa en 2008 ante La Roja, lo sabían muy bien.

Hoy todos nos sentimos orgullosos de ser españoles, un sentimiento curioso en un país como el nuestro, donde las banderas han sido ocultas durante muchos años y los alardes de patriotismo se han marginalizado por su posible relación con una dictadura que la gran mayoría ni siquiera hemos vivido.

Hoy se acabaron las vergüenzas y todos gritamos, con el pecho lleno de orgullo y satisfacción: "Yo soy español, español, español...". Tal afirmación, que parecería ampulosa en la mayor parte de los países, supone una liberación y una declaración de intenciones para España ante el mundo.

Porque por encima de todas aquellas diferencias que nos separan, de aquellas fronteras que delimitan nuestras Comunidades Autónomas, del sentimiento de nacionalismo que anida en muchos de nuestros vecinos o, incluso, por encima de una historia que ya va siendo hora de superar (sin olvidar por ello lo aprendido), hoy España se presenta ante el planeta orgullosa de su gente. Y nosotros, orgullosos al fin de ella.

¿Se acabaron los problemas en nuestro país? ¿Se acabaron las preocupaciones del día a día? En absoluto, aunque habrá tiempo de pensar en ello.

Hoy, sin embargo, preferimos sentirnos una vez más henchidos de satisfacción por las alegrías que nos da nuestro deporte. Y poco importa que un balón, jabulani, para más inri, sea el motivo de lo que algunos consideran 'histeria colectiva'.

Ya va siendo hora de presumir de nuevo y si un Mundial sirve para recordarnos aquellas cosas buenas que nos unen a todos, bienvenido sea.

Así que, déjennos disfrutar. Al fin y al cabo, somos campeones del mundo.


martes, 18 de mayo de 2010

Derecho a ‘no votar’

Hace un par de semanas, Pedro Ruiz (a quien entrevisté dentro de los Encuentros Culturales de la Central Nuclear de Trillo) me contó que era apolítico porque a lo largo de su vida había descubierto las falacias que contiene el escenario gubernamental (o mejor dicho, circo) y todo aquello que lo rodea. “Cuando tu entras a una tienda, si no te gusta el género no tienes por qué comprar nada. Y eso no te quita el derecho a opinar sobre ello. Más bien todo lo contrario, porque al final pagas igual que el resto por unos ‘productos’ que no has elegido”. Me dio una nueva perspectiva sobre mis ‘derechos y deberes’ como ciudadana. ¿Por qué votar cuando no me gustan las opciones que hay?
Una reflexión adecuada en unos días de gran resaca, de esas que te hacen estallar la cabeza, te llenan de malestar y te avergüenzan por lo sucedido la noche anterior. Sólo que en estos momentos, la vergüenza es ajena y la rabia generalizada porque, una vez más, los ciudadanos pagamos los vaivenes de aquellos que cierto día nos prometieron una vida mejor y que ahora nos ponen contra las cuerdas después de dos años de crisis económica.

Todavía somos muchos los que no terminamos de creer algunas de las medidas anunciadas por el Gobierno de la nación, materializadas en el mayor recorte de derechos sociales que se conoce en democracia (entre las decisiones anunciadas por el Ejecutivo para que el país ‘supere’ el 11,2 % de déficit y el más del 20% de paro, destaca un descenso del 5% en el sueldo de los funcionarios, la suspensión de la revalorización de las pensiones en 2011 o la eliminación del cheque-bebé para el año que viene). Un cúmulo de despropósitos que son tal por el interlocutor elegido y porque proceden de un Gobierno que hace dos años nos ocultó la crisis, para alzarse con el poder, y que lo hizo basando gran parte de su programa en una importante oferta de medidas sociales. Estas medidas sociales. ¿Y ahora qué?

Mientras, la oposición se resquebraja bajo el yugo de la corrupción, el caso Gürtel y los enfrentamientos internos por un poder que se muestra esquivo y que pone pies en polvorosa, precisamente, a causa de esas diferencias que restan credibilidad, seguridad y empatía a cualquier proyecto de futuro.

Atrás quedaron aquellos que comenzaron en el mundo político llevados por un deseo de mejorar las cosas y trabajar al servicio de sus conciudadanos. Los que aún lo piensan duran poco. Pronto, los asaltos de poder, los tratos de favor, las comisiones ocultas y los intereses pasan a un primer plano. La corruptela del Estado se adentra en aquellos que apuran el sillón y rechazan la alternancia, tan necesaria en cualquier Estado de Derecho que quiera evitar los vicios y cohechos.

Lo mismo les da. Ellos seguirán llegando a fin de mes. Mientras, nosotros, todos aquellos que les hemos puesto ahí, malvivimos para cumplir con nuestras obligaciones tributarias y seguir pagando unos derechos ilusorios, que apenas disfrutamos y que ahora se ven mermados, y a unos políticos caraduras que aguantan las críticas con la tranquilidad que da tener el estómago saciado y los bolsillos llenos.

lunes, 19 de abril de 2010

Invisibles





El pasado mes de febrero, Antena 3 estrenó (los domingos por la noche), un peculiar programa que se titulaba ‘Invisibles’. Peculiar porque trataba un tema poco común en las actuales parrillas (tan dadas al espectáculo y al morbo como monedas comunes de cambio): la existencia de aquellos que viven en la calle. Para ello, además, elegía a cinco personajes famosos o conocidos a los que ‘infiltraba’ en el centro de Madrid, primero solos y días después acompañados. El espacio estaba precedido por el documental del mismo nombre estrenado en 2007 y producido por Javier Bardem, en el que se recreaban cinco historias de infortunio vistas por sendos directores consolidados.

Seguí poco el programa. De hecho no pude ver la emisión siguiente y tampoco me esforcé en ver las sucesivas (creo que pronto fue suprimido). La introducción de cinco famosos en la vida de aquellos que más sufren me resultó pretenciosa y cruel. Porque al final, con todo lo que eso nos pueda enseñar, no es ‘justo’ pasar de refilón por las rutinas diarias que no queremos tener con la tranquilidad, no obstante, de que pronto volveremos a nuestra acomodada existencia. Una existencia en la que pasamos de largo ante los más desfavorecidos, evitamos a los que viven en la calle o pensamos que poco podemos hacer por ellos, abotargados ante un día a día en el que la desgracia no se prueba, ni se simula o se finge. La desgracia se sufre y sin veracidad deja de emocionar para convertirse en una mera mueca de una realidad incómoda.

¿Entonces por qué viene hoy a estas páginas, os preguntaréis? Bueno, lo cierto es que el título ha seguido resonando en mi cabeza desde entonces. No ha sido por las historias personales narradas, aun cuando la gran mayoría de ellas te daban fe de lo cerca que alguien puede estar de perder todo y verse en la calle. Tampoco fue por la inclusión del personaje conocido, buena ‘percha’ para la audiencia pero totalmente inútil para la realidad que se vive en el olvido. Ni mucho menos por los conflictos que la llegada de estos nuevos mendigos supuso para sus compañeros de acera.

No. Fue la INVISIBILIDAD, tan presente en todo, en las penas de aquellos que sufren, en las angustias de los que lo pasan mal y son olvidados por el resto, en la desgracia y, lo que es aún más triste, en la apatía de aquel que, ajeno al dolor del otro, pasa junto a él y apenas le mira, como si no existiera. Como si, efectivamente, fuera invisible.

Desde mi más absoluta ignorancia, creo que esa es una de las mayores tristezas que comparten aquellos que malviven entre aceras, bancos y esquinas de muchas de nuestras ciudades. La absoluta sensación de soledad que les embarga, aun cuando están rodeados de gente por todas partes. No existir para el resto. No existir para nadie.

No somos tan distintos, después de todo. La soledad, la sensación de que no importas o te importan, la tristeza de haber pasado de largo y no haber dejado huella en aquellos que nos rodean, es algo que, sin embargo, no es atribuible únicamente a los desamparados. Convive entre nosotros.

Casi todos odiamos la invisibilidad. Para aquellos que, como en este caso, viven en la calle, la mayor desesperanza, el sufrimiento, radica en ver cómo los demás les tratan como si no fueran nadie. Como si no estuvieran allí. Y todos queremos existir, del modo que sea, y, sobre todo, ‘existir’ para los demás, como si nuestra vida, en el fondo, no hubiera sido en vano. Como si hubiera servido. Al menos para alguien.

Tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro… Éstos y otros conceptos emergen a menudo asociados a compromisos ineludibles que cumplir a lo largo de nuestra vida para considerar que ésta ha sido plena. Al final, son una forma más de perpetuarnos. De continuar existiendo cuando ya no estemos aquí. De dejar de ser invisibles.

Depende de nosotros. Aunque que no sólo para ser vistos.
También debemos saber mirar.
Todos tenemos una historia.

jueves, 15 de abril de 2010

Un año...

Un año ya sin tí... y cada día te seguimos recordando. Allá donde estés, lo prometido es deuda. No te olvidaremos.

viernes, 26 de marzo de 2010

Un gran vacío

(Artículo realizado por una servidora y publicado en el Anuario de la Prensa de Guadalajara 2009, presentado el 22 de marzo de 2010. Posiblemente el último artículo que publique en este blog específicamente sobre La Tribuna de Guadalajara. Todos hemos pasado ya página. Llega pues el momento de las despedidas).


Un gran vacio
Un enorme fundido en negro y después… la nada absoluta.
Es como recuerdo el día siguiente al último número de La Tribuna de Guadalajara, las jornadas que continuaron, las horas posteriores. Ha pasado el tiempo y nuestras realidades han evolucionado hacia otros sentimientos, otras querencias, otras ilusiones. El recuerdo ya no hace daño y la experiencia enfoca el ánimo hacia un mañana necesario para seguir adelante, porque debe ser así. Pero a pesar de todo, para mí, y creo que para muchos de mis compañeros, el día 27 de julio de 2009 significará siempre un ‘fundido en negro’ dentro de nuestras vidas, de nuestras trayectorias profesionales y, por qué no, también vitales.

Cuando se habla de la ‘nada’, ésta se nos presenta como un gran vacío que inunda todo y en el que no hay cabida para el acompañamiento y la empatía. Y sé que muchos sentimos esa sensación durante las primeras semanas. Las palabras de aliento y las promesas que nos acompañaron en nuestra lucha se vieron sofocadas por las vacaciones veraniegas y la propia rutina. La actualidad de nuestro cierre dio paso a nuevas noticias y testimonios que recoger en los medios, porque todos bien sabemos las condiciones que imperan en esta ingrata profesión nuestra, y conocemos cómo lo que hoy es importante, mañana pasa a escalar puestos en las páginas de interés dando lugar a otras noticias más presentes. Nosotros, tan acostumbrados a realizar ese proceso, también nos convertimos en protagonistas del mismo y tomamos conciencia de algo: La Tribuna no volvería a existir y, lo que es más importante, sus periodistas, pese al trabajo desarrollado en los años precedentes, habían dejado de interesar, subyugados por la crisis económica y la propia cotidianeidad del quehacer periodístico.

Cuando estás tan acostumbrado a dirimir lo que es noticia de lo que no lo es, sabes perfectamente en qué momento el cierre de La Tribuna, y con él tu labor de los últimos años, ha dejado de marcar la actualidad y, por tanto, cuándo es el momento de pasar página. Lo que no es noticiable no existe y es entonces, verdaderamente entonces, cuando tomas conciencia de lo que ha ocurrido y cuando te das cuenta de que la vida que antes llevabas, que marcaba tu día a día y que incluso condicionaba tu existencia personal, ha dejado de existir, o lo que es aún peor, continúa, pero sin ti.

A lo largo de estos meses sé de compañeros que han visto cómo sus teléfonos han dejado de sonar, cómo han sido ignorados por personajes políticos que no dudaron en reclamar su atención durante otras épocas de sus vidas, cuando interesaba, por supuesto, o de qué forma se han sentido totalmente desamparados por aquellos que meses antes elogiaban, e incluso imitaban, su propio trabajo. Y en el fondo, pese a la decepción vivida en algunos momentos, es algo que no me resulta extraño.

Siempre fuimos un medio de comunicación incómodo, que se negó a pactar con las apariencias y lo ‘políticamente correcto’, en un responsable compromiso con la sociedad de Guadalajara que, a menudo, nos obligó a sacrificar nuestras propias vidas en una búsqueda por un periodismo mejor, más atractivo y, sobre todo, contrastado y alejado de los intereses de aquellos que utilizan los medios como mero vehículo para sus propósitos personales. Hoy muchos respiran tranquilos.

No se equivoquen. La Tribuna de Guadalajara fue grande por la gente que trabajó en ella a lo largo de 11 años de forma desinteresada. Personas que, efectivamente, poco entienden de los pactos entre aquellos que mandan. Profesionales ajenos a los subterfugios que sólo pretenden cubrir intereses políticos o económicos en contra de los principios básicos de esta profesión. Aunque nuestra única responsabilidad en el cierre del primer diario alcarreño fue trabajar por un periodismo que consideramos riguroso y responsable con el ciudadano, terminamos pagando cara nuestra inocencia. La crisis impuso sus normas y aquellos que ponían el dinero sobre la mesa dejaron de hacerlo. Simplemente no interesaba.

Hoy las cosas han cambiado. El ser humano evoluciona por naturaleza y los ‘tribuneros’ no hemos sido una excepción. La gran mayoría, azotados por una situación económica adversa, una profesión en constante evolución y un escenario periodístico cuyas bases se tambalean, han tomado las riendas de sus vidas y han invertido este tiempo en formación, cursos de reciclaje y reorientación. Otros han decidido dar un vuelco a sus existencias y los hay, incluso, que han encontrado otro trabajo y han aceptado que La Tribuna ha sido un lugar de paso, aunque nunca una meta.

Sin embargo, hay un sentimiento común: el cariño por la responsabilidad, la nostalgia por los momentos vividos y el orgullo por las noticias publicadas. Porque aunque este primer diario sea ahora tan sólo un recuerdo, la historia de la provincia seguirá alumbrando acontecimientos, inauguraciones y noticias que, en su momento, fueron anunciados por el medio y desvelados por sus periodistas. No lo olviden.

Quizás por ello, poco importa que La Tribuna de Guadalajara se haya convertido hoy en historia; sus profesionales, créanme, están más vivos que nunca.

domingo, 21 de febrero de 2010

Glycerine...

Recuerdo cierto día de primavera. En el césped de la Universidad, primero de carrera y la mochila cargada de sueños e ilusiones. Una guitarra sonaba y entre risas, oí por vez primera esta canción. En aquel momento, presa de la felicidad y la camaradería, me sentí afortunada. El grupo era Bush y la canción, 'Glycerine'.